Por Hormiga Negra. Cuando en 1992 me encontré con La India, el pequeño H20 (seis metros de eslora) de Gerónimo Saint Martín en Salvador Bahía, buscando revivir su única batería desahuciada, me dije mentalmente la famosa apreciación argentina: "Este no va a llegar a ningún lado". Así fue el prologo. Algo -bastante- mas tarde, me tuve que sacar el sombrero para saludarlo a su regreso de su viajecito. Que fue el epilogo. De bahía, adonde había llegado desde La Plata, había seguido al Caribe, luego a Islandia. Después al norte de Noruega, a Spitzbergen y por ultimo, a tocar el Casquete Polar Artico, entre otras porque de ahí en adelante en ese rumbo el agua es sólida. Después volvió por la misma ruta, pero en vez de arrimarse a Buenos Aires, del Uruguay siguió hasta Ushuaia y de allí si, regreso a Puerto Madero y a su casa. Que esta tierra adentro, en Mercedes. Si bien el sentido del tiempo tiene para los navegantes un valor muy distinto que el de los común de los mortales que vive en tierra, en el caso de Gerónimo esa ecuación se ha estirado al máximo, porque su viaje le insumió mas de nueve años y siete meses. Recorrió unas 30000 millas marinas -y marinas en serio, marinas al cuadrado- a una velocidad promedio de 8.5 por día o sea 0.35 millas (630 metros) por hora: la velocidad de un escarabajo hambriento, por ejemplo. Claro que las estadísticas siempre son mentiras y lo que ocurrió es que Gerónimo cruzaba un pedazo de mar, arribaba a un puerto y se quedaba trabajando unos meses. Rara vez en su profesión, ya que es medico, pero si en astilleros, factorías de pescado, y cualquier otra labor que le permitiera arreglar y mejorar su barco y encarar la próxima etapa. Pero estoy incurriendo en el típico pecado del prologuista: adelatarse a su prologado. Los dejo, pues, que les cuente lo suyo, que vale la pena. Vívanlo con el, pues deber y tarea de todo navegante de largo y buen aliento relatar sus viajes y de sus lectores. de envidiarlo secretamente. |